Corea y Lewkowics hablan de los nuevos atributos de los niños de la posmodernidad. Tanto
Cita:
Loureiro Malán, Rosa, Lo que pasa en casa: de la violencia que no se habla, Montevideo, Psicolibros, 2003. Págs. 61 y 62.
“Cómo se puede aprender a ser violento.
En familias donde se asume y practica un tipo de ideología tradicionalista – como la denominada de tipo patriarcal – el símbolo de autoridad paterna será portador del poder y los hijos carecerán del factor modulador de cualidades como la empatía o el respeto al otro.
Durante la infancia, la progresiva internalización de normas de conducta en el niño, se canaliza a partir de la configuración de pautas de educación que son capaces de transmitir por diferentes vías padre y madre en primera instancia y otros agentes de socialización como la escuela, los compañeros de la misma edad o la televisión, en un plano adicional. Diversos mecanismos de aprendizaje tienen influencia en este proceso, desde las asociaciones más simples adquiridas por observación o modelado de la figura adulta, hasta los más complejos sistemas de reforzamiento y castigo instrumentales para el mantenimiento de las conductas. A través de ellos, el niño aprende cuáles son las conductas que otros, fundamentalmente sus figuras de referencia, - su padre por ejemplo – utilizan para afrontar situaciones y problemas. En escenarios dominados por agresiones sistemáticas del padre hacia la madre, el niño aprende, sobre todo, que la violencia es una vía válida de relación con el entorno, de solución de conflictos y de consecución de objetivos.
El padre agresor expone constantemente a su hijo a escenarios de violencia ante los que el niño comienza de forma adaptativa a manifestar habituación frente a la percepción del dolor, de manera que cada vez empatiza menos con la persona agredida – su madre – y copia modelos de conducta que practicará con compañeros y compañeras de juegos, primero, y con su madre, después.
En paralelo a la conducta modelada y a las emociones deformadas, el comportamiento violento de la figura de referencia paterna o la permisividad educativa en la utilización de la agresión como medio de afrontamiento sugerirán al niño una determinada imagen de la persona agredida, de la mujer. El joven asumirá una configuración de ideas distorsionadas sobre las relaciones afectivas y de familia, y sobre los roles interpersonal y social hacia la mujer, que serán resistentes al cambio y servirán de esquema de justificación mental para racionalizar y respaldar su comportamiento violento. Estas estructuras mentales, fortalecidas tras cada agresión, se traducen en actitudes que orientan la acción, e incluirán mecanismos específicos de deshumanización de la víctima de la violencia y de autoexoneración de responsabilidad en el agresor. De esta manera, conducta, emociones y esquemas mentales son transferidos intergeneracionalmente a los hijos de agresores domésticos, convirtiendo a la cifra actual de niños violentos con sus madres en un porcentaje importante de los maltratadotes de las estadísticas del mañana […]”
Nota: todo el texto tiene un carácter que a mi gusto es demasiado determinista, privándolo de complejidad; por ejemplo, el niño no tiene por qué ser violento con los compañeros y con la madre, quizá no siempre se repitan las mismas conductas en los diversos ámbitos; la imagen física de las instituciones, los establecimientos, también juegan su papel. Igualmente me parece un aporte interesante para pensar la realidad a la que nos enfrentamos.